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jueves, 27 de octubre de 2016

Entrevista a autores - Abril Camino

¡Hola a todos!

¡Por fin estoy por aquí otra vez! 

Ya, ya lo sé. Tengo el blog súuuuuper abandonado, pero es que no doy a basto. 



Hoy vengo para traeros una entrevista a Abril Camino, que, además de una gran escritora, es amiga mía

¿Os he dicho ya que me ha dedicado su último libro, Sangre y tinta
¿No? 
¡Pues ya lo sabéis!

Hace tiempo, antes de que nos hiciésemos amigas siquiera, ya le hice una entrevista a Abril. Pero esta es la suya. La que me hizo ella a mí. 
Ahora va a probar de su misma medicina. 

Sin más dilación, os dejo con las preguntas. 

¡Espero que disfrutéis!


Abril Camino, lectora
  •         Un libro que cambió tu vida

Siempre que leo las entrevistas que hago a las autoras en mi blog, me pregunto a mí misma esto. Y, ahora que has decidido hacerme la putadita de entrevistarme tú a mí, me toca responderla de verdad. Creo que no hay ningún libro que me haya cambiado la vida, así, a lo loco. Quizá el que más se aproxima es Indiscreción, de Charles Dubow, porque fue la primera novela romántica que leí y me enganchó a un género que nunca antes me había atraído y… de ese enganche surgió la idea de convertirme yo misma en escritora.



  •  Y uno que podrías releer y releer sin cansarte jamás de él

La trilogía Mi elección de Elísabet Benavent. No sé qué tienen esos libros que me impactaron mucho cuando los leí por primera vez y, desde entonces, creo que llevo ya cuatro relecturas. Podría leerlos una vez a la semana o algo así y no cansarme nunca de esa historia.




  • El libro con el que más has llorado

Pues hay donde elegir. Antes no era nada llorona con los libros, cero. He leído auténticos dramones sin inmutarme, pero, de un tiempo a esta parte, todo me toca la patata. Creo que me quedo con Sigue lloviendo, de Alice Kellen, y, por supuesto, con Yo antes de ti, de Jojo Moyes, con la que batí el récord mundial de lágrimas por segundo.



  •  Y con el que más te has reído

No soy muy de reírme a carcajadas con los libros, supongo que porque tengo más tendencia a elegir dramas que comedias. Pero me reí mucho con A contrarreloj, de Laura Esparza y con algunos puntos de la saga Silvia, de Elísabet Benavent (aunque esta última también podría haber entrado en la lista de libros que me hicieron llorar). Que me riera a carcajada limpia solo lo ha conseguido una escena concreta de Prohibido enamorarse, de Elle Kennedy. Y tú, Carlota, LO-SA-BES (jajajaja).



  • Un poco de maldad: dime un libro que no fuiste capaz de soportar

¿Un poco? Hay tantos que no me llegaría todo el blog para responder. Pero me quedo con la saga Crossfire, que abandoné como a mitad del tercer libro o algo así. No entendí nada: ni a los protagonistas, ni sus motivaciones, ni lo que hacían, ni por qué se considera una novela romántica cuando quiero pensar que el amor es otra cosa… Y, sobre todo, me molestó que cortaran los libros donde les daba la gana, solo para convertirlo en una saga y poder vender más, cuando se podría haber solucionado el asunto en uno o dos libros, como mucho. Ha quedado claro que no me gusta, ¿no?



  • Un protagonista de novela romántica del que te podrías enamorar en la vida real

Aquí sí que me reafirmo: hay tantos que no me llegaría todo el blog para responder, jajaja. Pero vamos con una pequeña lista: Ethan Holt, de Maldito Romeo; Aaron, de No entrabas en mis planes; Hugo, de la trilogía Mi elección; Víctor, de la saga Valeria; Archer, de La voz de Archer; hay una entrada sobre mis protagonistas favoritos de novela romántica de la A a la Z en mi blog que creo que puede arrojar luz sobre el asunto.



  • Y uno al que te encantaría pegarle una patada en las pelotas narices

Todos esos machistas retrógrados que me da vergüenza pensar que hayan salido de la pluma de una mujer y me preocupa que “enamoren” a otras muchas. El que más ascazo me ha dado, y coincido con muchas de las autoras a las que he entrevistado, sin duda, Hardin Scott, de la saga After.



  •  ¿Qué libro te dejó la peor resaca lectora de tu vida?

Aquí me repito. Yo antes de ti, sin duda. Y la superé… releyéndolo a las 7 horas de haberlo terminado. Vamos, que me lo leí dos veces en un día, demostrando que estoy fatal de la cabeza.

  • ¿Qué defecto te hace abandonar una novela sin remordimientos?

Nunca tengo remordimientos al abandonar una novela. Antes sí, me empeñaba en terminar cualquier novela por poco que me estuviera gustando, pero ahora soy muy consciente de que no me quedan años de vida suficientes para todo lo que quiero leer y abandono con facilidad. Infalible para que abandone son las tomaduras de pelo al lector: libros sin corregir (de algunos diría que sin releer siquiera), tramas peregrinas que es imposible creerse o personajes que atentan gravemente contra mis principios. Vamos, que si quiero leer sobre un protagonista sexista o maltratador psicológico, prefiero leerme una novela negra que algo a lo que han llamado “romántico”.
  • ¿Qué libro tienes ahora mismo en la mesilla?

Suelo tener varias cosas a la vez en la mesilla, cosas muy diferentes para momentos de ánimo en que me encajen una cosa u otra. Ahora mismo son Todas las bodas necesitan un plan B, de Rebeca Rus; Rafe, el quinto libro de una saga de malotes tatuados (¡qué sorpresa!) que me tiene enganchada desde hace un par de semanas; y Matar a un ruiseñor, que la estoy releyendo después de muchísimos años.




Abril Camino, escritora

  • Háblame un poco de tu último proyecto literario

Mi última novela se titula Sangre y tinta. Salió a la venta hace más o menos un mes y es una novela new adult autoconclusiva, con un protagonista de esos que enamoran (yo, al menos, aún estoy intentando superar mi enamoramiento de él). La escribí cuando estaba en medio de muchos otros proyectos, en muy pocos días y con muchísima ilusión, porque la historia estaba en mi cabeza y necesitaba “soltarla”. En el fondo, creo que en parte esta novela nació de muchas conversaciones contigo, en las que siempre nos acabábamos pidiendo recomendaciones de novelas de esas que nos gustan. Es decir, new adult autoconclusivo (estamos un poco hartas de las sagas, ¿verdad?), con protagonista con pinta de malote pero que no lo es, protagonista femenina fuerte, muchos tatuajes, un poco (o mucho) de drama y una bonita historia de amor. Quise escribir la novela que me gustaría leer y no sé si lo he conseguido, pero al menos los comentarios de lectoras que me están llegando son muy positivos.

  • Lo mejor y lo peor que te ha pasado como escritora
Lo mejor… son muchas cosas. La gente que he conocido, muchas veces solo a través de un teclado de ordenador, pero que ya forman parte de mi vida… Eso es, seguro, el top 1 de cosas positivas. Pero también el hecho de demostrarme a mí misma que puedo, que hace dos años ni me planteaba esto y ahora he dejado atrás mi trabajo anterior y vivo de escribir. Ha requerido mucho esfuerzo, muchísimas horas, pero es un subidón de autoestima que está siempre ahí conmigo.
Lo peor… Enfrentarme a los prejuicios del «ah, ¿escribes novela romántica? No te pega nada, ¿por qué no pruebas otro género?». Y que no todo el mundo se toma bien la respuesta «porque no me sale del higo». 
  • ¿A qué personaje de otro autor te gustaría introducir en una de tus novelas?
No tengo ni idea y casi prefiero ni planteármelo. En todas mis novelas me ha apetecido que hiciera un “cameo” algún personaje de mis otros libros y nunca lo he conseguido. Lo de meter “con calzador” a un personaje me resulta imposible… ya ni te cuento si es el personaje de otro autor.

  •  ¿Me recomiendas cinco escritoras de romántica?
Por supuesto. Y voy a hacer una cosa. Aunque admiro a muchas escritoras extranjeras y creo que aún falta un poco para que se acabe el reinado de las anglosajonas, voy a recomendarte a cinco españolas. Y lo hago porque llevo tiempo pensando que en España se están haciendo las cosas muy bien (por parte de algunas autoras, claro). Leo argumentos modernos, con protagonistas creíbles, con ideas claras, mujeres fuertes y hombres del siglo XXI. Y con historias de amor muy tiernas, por supuesto. ¿Te digo cinco? Pues ahí van: Érika Gael, Neïra, Elísabet Benavent, Alice Kellen y Saray García.

  • Háblame de tu rutina de escritura (¿De noche o de día? ¿En un lugar fijo o donde te pilla? ¿Con ordenador o boli y cuaderno? ¿Alguna droga (legal o ilegal) imprescindible? ¿Música?)

Mi rutina de escritura es una no-rutina en toda regla. Cuando estoy en época loca de escribir, escribir y escribir, puedo hacerlo en cualquier lugar, aunque por regla general suelo escribir más y mejor por la noche, de madrugada, de hecho. Las cosas que más orgullosa estoy de haber escrito han salido a horas muy intempestivas. Suelo escribir en el sofá, con el portátil en las rodillas y generalmente en silencio. De vez en cuando con música, depende del momento en el que me encuentre. De drogas no hablamos, que es muy posible que mi madre acabe leyendo esto (que no, mamá, que es broma).
  • ¿Con qué autor te gustaría escribir un proyecto a cuatro manos?
¡Contigo! Deberíamos ponernos a ello. Soy muy especialita escribiendo y creo que solo podría hacerlo, sin acabar en la cárcel, con alguien a quien conozca bien y que comparta algunas de mis taras mentales. Adivina. Eres la elegida, jajaja.
  • ¿Qué consejo le darías a un autor que empieza?
Que estudie, estudie, estudie y, cuando haya acabado, que vuelva a empezar a estudiar. No hablo de sentarse delante de una mesa a hincar los codos como cuando estábamos en la universidad, sino de buscar cursos de formación buenos y dedicarles todas las horas del mundo. Leer los manuales de referencia de este campo y releerlos hasta sabérselos de memoria. Aprender sobre las cosas que tenga más flojas, sea gramática, construcción de personajes o márketing editorial. Todo forma parte de este oficio.
Y muchas cosas más: escuchar consejos de quien sabe más que uno, no dejarse hundir por las críticas malintencionadas, aprender de las constructivas, respetar al lector
  • ¿Qué libro te habría gustado escribir?
Los que he escrito y los que me queden por escribir. Siempre escribo lo que me da la gana, sin pensar demasiado en si van a gustar o no. Ese sería otro consejo de los que comentaba antes: hay que escribir siempre lo que nos guste como autores, no lo que creamos que va a funcionar mejor o lo que copiemos en cierto modo de nuestros autores favoritos. Aunque, no te voy a mentir, todos los meses, a eso del día 30, entro en mi cuenta corriente y pienso que ojalá hubiera escrito Cincuenta sombras de Grey.



  •  ¿Cuál es tu record de palabras/horas escritas del tirón?

¿Mil millones es una cifra verosímil? Es broma, pero casi casi. Estoy muy loca y soy muy compulsiva cuando tengo la historia ya en la cabeza (que es algo que siempre hago antes de ponerme al lío de escribirla). Por ponerte un par de ejemplos, Parker y Amy, la primera novela de los Sullivan, la escribí en un día del tirón (un día, literalmente, sin dormir); Mark y Alice, la cuarta, en 18 días; y Sangre y tinta, en 10. El récord de palabras debe de andar por unas 15 o 20.000 más o menos.
  • ¿Me adelantas algo de tu próximo proyecto?
Qué te voy a contar que tú no sepas, Carlota. Hace más de año y medio que tengo una bilogía guardada en un cajón sin saber qué hacer con ella. La he enviado a concursos y a editoriales, por probar y, sobre todo, porque no me atrevía a publicarla todavía. Ha pasado mil fases de corrección y de reescritura porque, por un lado, me encanta, pero, por otro, no me gusta tanto. No sé, es una cosa muy loca a la que he decidido ponerle fin YA, así que será mi próxima publicación, después de pasarle un último filtro en los próximos meses. Creo que estará lista para finales de año o comienzos de 2017.
Es una historia romántica contemporánea, dividida en dos partes. De la segunda no puedo contar nada sin desvelar lo que pasa en la primera, así que mejor empezamos por el principio: Lucía es una chica de casi 30 años que se va de viaje de despedida de soltera (la suya) con sus tres mejores amigas y… allí conoce a un chico mucho más joven que ella, muy guapo y muy TODO. Recorren todos juntos Europa central en tren, durante tres semanas y, al final de ese tiempo, Lucía tiene que tomar una decisión que cambiará su vida, para bien o para mal. Se titulará Viajando hacia mi destino y… hasta ahí puedo leer. 




Y hasta aquí ha llegado la entrevista. El proyecto a dos manos, ya sabes, cuando quieras. Tendremos que ponernos a buscar un argumento que mole, un personaje que enamore... Justice, o... ¿Justice? Sí, Justice. 

Y, por cierto, ¡¡¡estoy segura de que Diego y Lucía lo van a petar!!!



¡¡Un besazo a todos!!



lunes, 26 de septiembre de 2016

Reseña - Sangre y tinta - Abril Camino




Título: Sangre y tinta

Autor: Abril Camino

Género: Novela New Adult

Editorial: Autopublicación

Fecha de publicación en España:  2016

Número de páginas: 203

Precio: 2.99 € (ebook); 9.83 € (papel)





El regreso de Camden Reed al lugar que lo vio crecer no está siendo un camino de rosas. Solo tiene tres cosas: un hermano que lo odia, una hermana a la que no le dejan ver y una exnovia que espera de él algo que no está dispuesto a darle. Lo último que necesita es que por la puerta de su estudio de tatuajes aparezca una chica con ganas de marcarse el cuerpo y desnudarle el alma. Aunque, quizá, eso sea exactamente lo que necesita.


Me hace especial ilusión escribir esta reseña, ya que conozco la historia desde mucho antes de que llegara incluso a escribirseDe hecho, Abril me fue contando cómo iba a ser el transcurso de la historia según le iban viniendo las ideas, así que me siento muy orgullosa de haber formado parte del proceso de escritura

De todas formas, quiero ser honesta. A pesar de considerar a Abril una amiga, quiero ser sincera a la hora de valorar su novela, pues me parecería que estaría engañándoos, si no lo hiciera.

Antes de nada, quiero decir que si no os gusta el New Adult y los chicos malotes, este no es vuestro libro. De hecho, si os gustan los chicos malotes tampoco lo es, porque Camden, a pesar de todo, está muy lejos de ser un chico malo, aunque pueda parecerlo. Pero si os gustan las historias de amor, historias familiares complicadas, pasados oscuros... Desde luego, este es vuestro libro. 

Así que... ahora os voy a contar un poco de qué trata.

Amanda está pasando por una etapa personal muy complicada. Lo único que quiere es terminar pronto el instituto para poder cuidar a su madre enferma y hacerse un tatuaje. Por eso, decide acudir al estudio más famoso de la ciudad, pero no espera lo que ocurrirá una vez allí. El tatuador, Camden Reed, se niega a hacérselo

Camden tiene fama de ser un bala perdida, proviene de una familia desestructurada, está lleno de tatuajes y conduce una Harley. Su vida está muy lejos de ser perfecta, pero solo tiene en mente una cosa: mantener unida a su familia. Y estará dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de conseguirlo. 

Amanda no puede permitir que Camden la vuelva a tratar como lo hizo. Por eso, decide regresar al estudio al día siguiente, con la intención de dejarle claro que ella no es ninguna niñata que quiere dibujarse una mariposa en el hombro. El tatuaje que ella quiere hacerse tiene tal significado que sabe perfectamente que jamás se arrepentirá de ello. 

La cuestión es que cuando, finalmente, Camden accede a hacerle el tatuaje... ninguno de los dos espera lo que se va a ir formando entre ellos: química, conexión, atracción... 

Día tras día se vuelven inseparables, pero... ambos guardan muchos secretos. Tantos que harán que su relación no sea posible. 


Lo voy a dejar aquí porque no quiero contar nada más de lo debido. De verdad, si os gustan las historias de amor llenas de dramas familiares, con unos personajes llenos de matices, con pasados complicados, sin duda, esta es vuestra historia. 

Se lee en un santiamén. De hecho, eso es una de las cosas por las que más tengo que llamar la atención a Abril. 

¡TÍA, ESCRIBE LIBROS MÁS LARGOS, PORFAPLIS!

Bromas aparte, creo que es un libro perfecto para leerlo de un tirón, una típica tarde lluviosa de domingo. Si os gusta el género, estoy segura de que lo disfrutaréis mucho. 

Como siempre, Abril tiene un estilo desenfadado, muy fluido y sencillo. 

Los personajes son geniales, aunque ambas tenemos que admitir que sentimos una pequeña debilidad por el hermano pequeño de Camden, Matt. Está pasando por una crisis personal muy complicada y paga todas sus frustraciones con su hermano, así que podéis imaginaros cómo está la situación entre ellos. Y la pequeña Lucy... qué monada de niña. 

En general, es una novela súper entretenida, con unos cuantos giros en la trama que te dejarán con ganas de saber más, rápida, con escenas divertidas... En fin, que es muuuuy completa. 

Y, por supuesto, no puedo terminar esta reseña sin darle las gracias a Abril Camino por dejarme caminar junto a ella al mismo tiempo que iba escribiendo la historia. Ha sido todo un honor.

9.5/10

Y, ahora, os toca a vosotros.
¿La habéis leído? ¿Os apetece leerla?
¡Contadme!

Un besiiiiiiito :)



lunes, 19 de septiembre de 2016

Codo con codo - Carlota Laupani - 20 de Septiembre - Primer capítulo

¡Hola a todos!

Por fin tengo noticias, espero que buenas, sobre la publicación de mi libro, Codo con codo.



Han sido unas semanas caóticas, de últimas correcciones, registros y demás, pero... 

¡¡YA PUEDO DECIROS QUE EL 20 DE SEPTIEMBRE ESTARÁ DISPONIBLE EN AMAZON!!

Como se podrá intuir, la portada del libro la he diseñado yo misma (sí, sí, con mis propias manos). Me pasé casi tres días dibujando en Photoshop (ya soy casi una experta), Pero... bueno, creo que, para ser la primera que hago, no está nada mal. 

En principio, podréis adquirir el libro tanto en formato digital (2,99 €) como en papel (11,95 €). Además, también estará disponible en Kindle Unlimited de forma gratuita. 

Si no sabéis de qué leches os estoy hablando, pero queréis conocer algo sobre el libro, aquí os dejo la sinopsis. 

Elena tiene treinta y un años y es pediatra. Su trayectoria profesional es excelente, pero en lo personal... no ha tenido tanta suerte. No consigue encontrar a un hombre del que enamorarse, quizá porque ese papel lo ocupa su amigo Luis. Viven un tira y afloja constante, que a Elena le impide pasar página, y que para él no significa nada. Porque no significa nada, ¿no? 
Elena centra todas sus energías en lograr su puesto profesional soñado. Pero tendrá que vérselas con un rival inesperado: el doctor Lucas Martín, un hombre con cerebro de empollón y cuerpo de modelo que supondrá una revolución en su vida. A demasiados niveles: laboral, emocional y... ¡hormonal! 
Con la ayuda de sus amigas, las Catas, Elena tendrá que lidiar muchas batallas: su innegable atracción sexual por Lucas, los celos de un Luis que ni come ni deja comer y la más importante de todas, su propia incapacidad para comprender sus sentimientos. 
Una historia de amistad, familia, pasión, llantos, risas y amor. Mucho amor.

Y... creo que, por ahora, nada más. Espero que, si decidís leerlo, me contéis qué os ha parecido. 

Me tenéis disponible en redes sociales, tanto en el twitter del blog @mi_miscelanea_ como en @carlota_laupani, y por supuesto por email en mimiscelania@gmail.comcarlotalaupani@gmail.com

 
¡J
oder! Otra vez voy a llegar tarde. —Los tacones de mis zapatos golpean las baldosas de mármol de la escalera de mi edificio haciendo ruido. Demasiado ruido para ser las ocho y media de la mañana—. Buenos días, Filomena —saludo sin muchas ganas a la vieja cotilla que vive en el segundo, al pasar junto a su puerta.
—Buenos días, Elena. Otro día que vas con retraso —me dice la muy bruja con recochineo.
—Eso parece, sí.
«Mala pécora»
A veces pienso tan alto que tengo miedo de que me oiga. La muy asquerosa tuerce el gesto y vuelve a meterse en su casa, con el gato en brazos.
Filomena es una solterona de unos setenta años que vive con tres gatos. Uno gris, uno negro y un siamés.
Digamos que los gatos y yo –los animales en general y yo– no somos demasiado amigos. Y menos aún cuando estos, es decir, sus gatos tienen especial gusto por colarse en mi casa por la ventana de la cocina, que, para mi desgracia, da hacia el patio.
No os cuento qué susto me llevé un día cuando, al llegar de la compra, me encontré con dos ojos brillantes esperándome en el pasillo. Casi me da un ataque al corazón. Y no solo por el susto de encontrarme un maldito gato ajeno en mi casa, sino por la media hora que estuve limpiando de rodillas la docena de huevos que se me cayó al suelo.
Así que la señora de marras me tiene un poco de tirria desde que una yo sudada y despeinada tras la limpieza apareció en su puerta con su maldito gato. Echando sapos por la boca, por supuesto, ya que el gatito no se había dedicado únicamente a asustarme. No. El tío se había estado meando en cada superficie mullida de mi casa. Véase: en mi cama, en mi sofá, en todos mis cojines e incluso en la alfombra de la ducha. Y claro, viendo que quitar aquel olor a orines iba a llevar más que la media hora de rodillas en el suelo, se me subió la mala hostia. Así que el gato bajó al segundo sin demasiado cuidado por mi parte, y parece ser que eso a ella no le hizo mucha gracia.
Después de estar meses llamándome maltratadora de animales, ahora solo me jode por las mañanas, recordándome lo tarde que voy.
A veces incluso, como hoy, me retiene el ascensor en su piso para hacerme bajar escaleras y así recordarme también los kilitos que me sobran por no hacer ejercicio.
 Mire, señora, todavía tengo cuarenta años de margen para evitar llegar a su edad tan mal como usted. ¡Amargada!
De todas formas, la culpa es mía por ir siempre tarde. Todas las mañanas me pasa lo mismo. Soy un desastre, lo reconozco. Admito que me gusta demasiado retrasar la alarma del despertador.
«Snooze»
Maldita opción. Si mi subconsciente no supiera que está ahí, no me dormiría. Estoy segura al cien por cien. Pero resulta que llevo demasiados años perfeccionando la técnica de «retrasar la alarma», así que ya no hay manera de engañarme. Y mira que lo he intentado todo: poniendo alarmas cada cinco minutos, cambiando la melodía a la misma de mi tono de llamada en el móvil e, incluso, colocando el despertador en la estantería de libros de mi cuarto para hacerme levantar de la cama. Y de todas las formas me he dormido. Y no es que me considere yo un ser demasiado dormilón. No. Creo que lo que me ocurre está totalmente justificado, y es que me entretengo demasiado sin hacer nada durante las noches, alargando la hora del sueño hasta las tres de la mañana. Y, teniendo en cuenta que me despierto –o, al menos, eso dice mi primera alarma– a las siete, pues claro, es normal que a una se le peguen las sábanas.


Nota para los fabricantes de despertadores: entiendo que, en realidad, el snooze es una buena estrategia para que la gente como yo no llegue tarde al trabajo. Pero el problema es que mi cerebro somnoliento es mucho más inteligente que yo y ha adquirido la habilidad de retrasar la alarma sin que yo sea siquiera consciente de ello. Así que, hagan el favor, apúntense el dato para la próxima e inventen otra cosa más efectiva. Que, a las pruebas me remito, su truquito no está funcionando correctamente conmigo.
Sigo bajando los escalones a toda prisa, aun sabiendo que es bastante probable que medio vecindario se cague en toda mi estirpe. Pero no puedo llegar tarde. Hoy menos que nunca.
Cuando llego al portal, me doy cuenta de que me he dejado las llaves del coche en la mesita del recibidor.
¡Dios mío! Mi día no puede empeorar más.
Resoplo, expulsando todo el aire que mis pulmones atrofiados por la falta de práctica de bajar escaleras son capaces de almacenar, y me resigno a coger un taxi.
Joder, es que no puedo llegar tarde. Hoy no, por favor.
Me acerco a la parada de taxis más cercana a mi casa, al final de la calle. Por suerte, hay uno esperándome con su lucecita verde tan mona, y me dan ganas de besar el capó por no haber tenido que esperar a que llegara uno.
Abro la puerta sin demora y saludo a la señora taxista. Cómo me gusta que ya no sean solo señores bigotudos.
—Al hospital de Santa Catalina, por favor —le digo, aún resoplando por el esfuerzo de bajar las escaleras.
La señora pone el taxi en marcha sin mediar palabra. Bueno, quizás los taxistas señores son más amables… con eso de que eres una chica y tal.
En fin, no tengo ni ganas ni tiempo de mantener una conversación con la taxista, así que me regaño mentalmente por haberme ofendido y saco del bolso el espejito y la barra de labios que no me ha dado tiempo a ponerme en casa.
Hoy es un día importante porque se decidirá quién va a ser el jefe de la sección de oncología infantil en el hospital donde trabajo. Sí, soy pediatra. Siempre me han gustado demasiado los niños y, como de maestra no me veía, ya que no tengo tanta paciencia, me decidí por la medicina infantil. A mis treinta y un años, he conseguido mi residencia y estoy muy orgullosa por ello, pero todavía me queda mucho por aprender. Sé que las probabilidades de que me den el puesto son casi nulas, pero de esperanzas vive el hombre –o la mujer, en este caso–. Así que no puedo desestimar esa posibilidad… Aunque, siendo honesta conmigo misma, tengo que admitir que me he dejado el lomo para ser alguien dentro del área en el que trabajo. Y eso es algo que me gustaría que se reconociera. A pesar de ser una de las personas más jóvenes, y encima del sexo femenino –que, no es por nada, pero todavía se nota la desigualdad de sexos, incluso en los hospitales– soy consciente de que, no sé si por suerte o por qué, destaco entre el resto de compañeros, que no dan palo al agua. De cualquier forma, tenemos una reunión a las nueve de la mañana y, si llego tarde, será el fin de mis oportunidades.
Compruebo en mi espejito de mano no tener nada fuera de lugar. Mi pelo castaño oscuro, que, según el día y el grado de humedad del aire, puede pasar de ser liso “gracioso” a ondulado, parece estar en su sitio, y el lápiz de ojos aún no se me ha corrido, a pesar de la sudada. Lo guardo sin mucho cuidado en el bolso y compruebo el teléfono móvil. El icono del whatsapp me indica que tengo treinta y dos mensajes sin leer, y sé que la mayoría vienen del grupo «Una Cata para el Duque».
Mis compañeras de trabajo –y mejores amigas– y yo seguimos bromeando con la serie Sin tetas no hay paraíso, ya que nos consideramos «Las Catas». Del Hospital de Santa Catalina, por si no lo habíais pillado. Abro la aplicación con una sonrisa y veo que mis compis me han dejado un montón de mensajes con «Suerte» o «Yes, you can».
 Les contesto que no esperen nada, porque no me lo van a dar, pero me riñen por mi actitud negativa.
Tía, así ¿cómo te van a ofrecer el puesto? —escribe Sofía.
Buuuuuuuu —bufa Candela, haciendo más énfasis con el icono del pulgar hacia abajo.
—Ay, dejadme en paz. Que al final me voy a creer que tengo alguna posibilidad —me quejo acompañando mi discurso lastimero con un emoticono llorón.
Venga, sea lo que sea, ¡esta noche lo celebraremos! —escribe Laura.
—¡Hecho! Os dejo, que ya he llegado. Wish me luck[1].
GOOD LUUUUCK! —escriben todas.
Guardo el teléfono en el bolsillo del abrigo y saco la cartera para pagar a la taxista que me mira impaciente a través del retrovisor.
Joder, vaya robo. Diecisiete euracos por quince minutos en el taxi. Le doy un billete de veinte y me devuelve el cambio sin ni siquiera darme las gracias. Me parece que alguien no se ha tomado All-bran esta mañana…
Salgo del coche y subo corriendo las escaleras que dan a la puerta del hospital. Es un edificio robusto, de piedra grisácea, construido hacia los años veinte a partir del dinero de una fundación filantrópica. Durante la guerra civil, fue cárcel y hospital para moribundos. Y, aunque por dentro está renovado y han ampliado la parte trasera, que se había quedado pequeña, todavía mantiene ese aspecto un tanto siniestro que me pone la piel de gallina, a pesar del tiempo que ha pasado desde aquella época.
Lo único bueno que tiene es que está rodeado por un parque lleno de árboles y, además, hay un gran parking en uno de los laterales, donde no suele haber problemas para dejar el coche. Lo peor son las largas escaleras que hay que subir para entrar. Se ve que en la época en la que se construyó el edificio no se tenía en cuenta a los pobres minusválidos ni a las chicas treintañeras tan vagas como yo. Para los minusválidos, se ha añadido una rampa con una barandilla metálica. Para mí, no hay solución que valga.
Sin pararme demasiado, saludo a Josefina, una de las chicas de recepción, y voy directa a la zona de ascensores, que se encuentra al final del hall, en uno de los laterales.
Pulso el botón y espero a que llegue. Estoy muy impaciente, por lo que miro el reloj para ver cuánto tiempo tengo. Aún son las nueve menos diez, así que me da tiempo a ir a la consulta y coger la bata. Menos mal.
Siento una presencia a mi lado, pero no estoy de humor para prestarle atención. No lo hago hasta que un brazo rodea mi hombro y huelo su colonia. Luis, el futuro padre de mis hijos (si él quisiera) y mi mejor amigo, me aprieta contra su costado y acerca su boca a mi oreja.
—Buena suerte, guapa. Lo vas a hacer genial —susurra en mi oído.
Un escalofrío me sube a través de la columna vertebral haciendo que los pelos de la nuca se me ericen. Joder, sabe que tengo debilidad por él y, aun así, sigue jugando conmigo.
—Luis, no es ni el momento ni el lugar para ponerse tontorrón —bromeo con él, dándole un suave codazo en las costillas para intentar disimular que para mí esto no es algo más serio—. Suéltame, no vaya a ser que tengamos que echar un polvo contra las paredes del ascensor.
Él se ríe. De su boca sale una carcajada de verdad y me suelta, no sin antes acariciarme la piel detrás de la oreja.
—Si no echamos un polvo contra la pared del ascensor es porque tú no quieres, Elena. No me eches a mí la culpa para no sentirte mal contigo misma.
Nuestra relación es rara. Siempre tenemos este tonteo absurdo, que no sé a dónde llegará, o si llegará algún día a ningún sitio. Pero no puedo caer en su trampa. Lo conozco desde hace siete años y sé que dentro de sus planes no entra tener una relación seria. Y mucho menos conmigo. Y yo estoy demasiado pillada por él como para ser solo una muesca en el cabecero de su cama. De hecho, ya cometí una vez el error de pensar que quizás podría haber algo más entre nosotros, pero me equivoqué de manera garrafal.
Una Nochevieja nos fuimos de fiesta todos juntos. En el hospital tenemos un grupito bastante majo de amigos y salimos muchas veces de marcha, cuando podemos. Esa Nochevieja, yo me pillé un pedo descomunal y Luis, al parecer, también. No sé cómo, pero acabamos medio desnudos enrollándonos en el sofá de mi casa. Estuvimos a nada de acostarnos esa noche. Y debo decir que no fue porque yo me apartara. En un momento de lucidez, Luis me empujó con cuidado hacia atrás y se levantó del sofá de un salto.
—Elena, no podemos —dijo, pasándose la mano por el pelo, creo que nervioso—. Me importas demasiado como para joderlo contigo.
Dios mío, mi cara debió de ser un poema. Me sentí tan humillada, con el vestido enrollado por la cintura, el moño medio deshecho y el rímel corrido. Y él, como si nada. Lo único que hacía ver lo que acaba de ocurrir entre nosotros era su camisa medio desabrochada y el bulto que se apretaba contra la cremallera de sus pantalones.
Me dieron tantas ganas de llorar en ese momento por la humillación que sentía a causa de su rechazo, que solo pude levantarme con la poca dignidad que me quedaba y pedirle que se fuera.
—Joder, Elena. Escúchame. —Intentó agarrarme por el brazo, pero logré soltarme—. No quieres esto, créeme. El día que estemos juntos, que lo estaremos, no será un polvo rápido y borrachos. ¿Me oyes? —Él volvió a cogerme del brazo, pero esta vez no lo esquivé—. Por favor, no te enfades… —susurró acercando su boca a mi cuello y depositando un suave beso bajo mi oreja.
—No te gusto, ¿verdad? —Joder, ¿por qué habría dicho eso? Ahora todos mis esfuerzos por disimular mis sentimientos hacia él habrían sido en vano.
Él rió con amargura contra mi cuello y negó con la cabeza.
—No entiendes nada, ¿verdad? —Su tono denotaba que empezaba a estar un poco cabreado. Todavía sin soltarme el brazo, pasó su otra mano por mi cintura y apoyó la frente en mi hombro—. Haremos como que no ha pasado nada, ¿vale?
Y solo pude asentir, porque no sabía qué pasaría con nosotros si no lo hacía.
Cuando me desperté al día siguiente, estaba confusa por todo lo ocurrido. No sabía qué esperar de nuestra relación. Pero, cuando volvimos a vernos en el hospital, se puso a bromear conmigo y a hacer como si no hubiera pasado nada, así que decidí que aquello no había ocurrido.
La campana del ascensor nos avisa de que ya ha llegado a la planta baja y ambos entramos. Le doy al botón del cuarto y del sexto y las puertas se cierran.
—Bueno, ¿estás nerviosa? —me pregunta él.
—No tengo ninguna posibilidad, Luis —le respondo con una ceja levantada.
—Tú siempre tan negativa, nena. —Sonríe mientras niega con la cabeza—. Nunca te pasará nada bueno si vas con ese espíritu.
—No soy negativa —respondo yo, indignada—. Simplemente soy realista. ¿Cómo me van a dar a mí el puesto si soy de las más jóvenes del área?
—¿Quizás porque eres la mejor? —responde él, irónico. Lo miro con escepticismo y él continúa—. Venga, Elena. No te hagas ahora la sorprendida. Hoy por hoy eres la única que hace más que auscultar y recetar jarabe para la tos.
Pongo los ojos en blanco, pero en el fondo sé que tiene razón. Estoy especializándome en leucemias y linfomas infantiles. Y lo hago más por devoción que por otra cosa. Pensaréis que soy una morbosa, pero que tu primo pequeño se muera a los siete años por esta enfermedad marca demasiado como para no intentar hacer algo por mejorar ese ámbito de la medicina. Se ve que esto también marcó a mi hermana mayor, Claudia. Ella estudió Biología y trabaja desde hace unos cuantos años en el National Cancer Institute, en Maryland, estudiando los posibles tratamientos eficaces para combatir la conversión de células sanas en células cancerígenas. El cáncer es una de las enfermedades más desconocidas que padecemos ahora mismo. Está claro que los avances en medicina han permitido conocer la causa de muchos de ellos o, al menos, paliar sus efectos. Pero hay tantas variantes que es imposible llegar a dilucidar el origen de todos y cada uno de ellos. De hecho, el quid de la cuestión no está en tratarlos, que por supuesto es una prioridad mientras tanto, sino en llegar a conocer el punto exacto en el que se produce el desencadenante, y así poder atacar contra la diana con mayor precisión. Por desgracia, su estudio es un proceso muy lento y aún se está investigando en ello.
Cuando el ascensor llega al cuarto, hago el amago de salir, pero Luis me coge al instante de la mano y me da un apretón.
—Eres la mejor. Lo harás bien —me dice mirándome a los ojos con esa expresión que denota ternura. Jo, yo no quiero que me mire con ternura. Yo quiero ver en sus ojos la pasión que vi aquella Nochevieja en la que casi se nos va la situación de las manos.
Le devuelvo el apretón y le sonrío con tristeza.
—Gracias, Luis. Luego te cuento.
Salgo del ascensor y me encamino por el largo pasillo hacia mi consulta. Rebusco las llaves entre las montañas de clínex usados, tampones sin plástico y tickets de compra que almaceno en el bolso –sí, colecciono mierda por gusto– y, cuando por fin las encuentro, abro la puerta.
Mi despacho es la típica consulta de hospital. Una mesa grande de madera oscura con un sillón de cuero negro preside la habitación. Lo único que alegra la estancia son los montones de dibujos que mis pacientes me han hecho y que he colgado en las paredes. En la entrada tengo un perchero donde dejo el abrigo y cojo la bata que está colgada en él. El bolso lo guardo siempre con llave en uno de los cajones de la mesa. No es que no me fíe del hospital, pero es una norma que nos han obligado a todos a llevar a rajatabla.
En mi mesa me espera una carpeta con todos los papeles que he de llevar a la reunión. Miro el reloj. Las 8:57. Puf, empiezo a ponerme de los malditos nervios.
Me pongo la bata blanca, cojo la carpeta y salgo de nuevo al pasillo. Al fondo de este hay una sala de reuniones donde nos encontramos ya sea para tomar un café o para este tipo de encuentros. En los que se decide quién asciende o no, a esos me refiero. Según me voy acercando, veo que la puerta está entornada, así que asomo la cabeza llamando con los nudillos suavemente.
—¿Se puede?
—Sí, claro, Elena. Pasa —me dice el jefe de pediatría, que está sentado presidiendo la larga mesa y charlando con otros médicos. Antonio es uno de los mejores profesionales que tiene este hospital. No le he visto cometer ni un solo error en todos los años que llevamos trabajando juntos. Me gusta mucho su método porque, aun siendo muy exigente con su equipo, es capaz de arremangarse la camisa y ponerse a colaborar con los casos más difíciles que llevamos el resto. Es un buen maestro, además de buena persona. Y sé que siente cierta devoción por mí.
Entro en la sala con timidez, no sé por qué. Esto es ridículo. Al fondo de esta, hay una mesa con una cafetera y galletas, así que me acerco a esa zona y me sirvo un café con leche.
—Esperaremos a que llegue todo el mundo —dice Antonio cuando me acerco a donde está él y tomo asiento en el primer hueco libre que encuentro.
Hago un repaso a la sala y veo que estamos todos. Frunzo un poco el ceño porque, si no he oído mal, estamos esperando a que llegue más gente.
¿Quién faltará?


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